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Entrevista Marc Munill

Marc Munill (Sant Romà d’Abellà, 1942) es un genio y figura de la sastrería barcelonesa. Uno de los pocos supervivientes que mantiene a flote “un oficio que exige sacrificio”. De orígenes modestos, este arquitecto de la elegancia masculina se ha hecho a sí mismo gracias al esfuerzo, la perseverancia, la capacidad autodidacta y los conocimientos que ha heredado de los grandes maestros. Todo ello, lo han forjado para conseguir sacar adelante una profesión y despuntar en un oficio por el que siente auténtica devoción. Hace 31 años que Munill ejerce en la sastrería de Santa Eulalia en uno de los talleres artesanos más prestigiosos del país. A pesar de estar jubilado, se deja ver en la reconocida boutique con las tijeras en mano para atender, enseñar y coser. La pasión transgrede cualquier límite.

[Entrevista publicada en Oci.cat, el suplemento de ocio y cultura del diario 20 Minutos]

Marc Munill: “Con mi trabajo, este señor ahora parece un señor”

Eres uno de los pocos sastres que quedan en Barcelona, ​​ ¡pero tú ibas por cura! ¿Cómo se giró la tortilla?

Nací en un pequeño pueblo de Lleida y en mi época los recursos eran tan escasos que sólo se ejercían los oficios de agricultor, cura o herrero. Mi padre no quería que sus hijos fueran agricultores para que se lo pasaban muy mal. Tenía un hermano que trabajaba en Barcelona, ​​el otro estudiaba para ser fraile en Tarragona y yo no sabía lo que quería ser, hasta que un día vino el obispo de la Seu de Urgell para proponerme que me hiciera cura y en mi casa estuvieron todos contentos con la decisión.

Todos contentos menos tú.

No, yo también estaba contento, pero algo se torció. Cuando ya tenía los papeles arreglados, mi hermano, que ya hacía tres años que llevaba sotana, volvió de Tarragona con las manos en el bolsillo y nunca supimos porque renunció. Yo pensé que, si mi hermano, que era muy devoto, lo había dejado, yo no quería ser cura por si acaso.

¿Y qué hicieron de ti?

Mi padre me envió a Isona que había cinco sastres y me puse a aprender el oficio. Después de un año y medio como aprendiz me fui a Barcelona a trabajar en el taller de uno de los mejores sastres que había en la ciudad y que, además, era un conocido del pueblo.

Sastre por causalidad.

Es así, pero tengo de decir que al cabo de los años le cogí el puntillo a mi oficio porque he tenido la suerte de trabajar con buenos maestros que me han enseñado a cortar y a coser.

¿Cuándo el oficio se convirtió en una pasión?

Pues cuando empecé a hacer trajes para mis propios clientes. Recuerdo que encontré aquella pasión por el oficio cuando veía como señores desaliñados se transformaban cuando se ponían su vestimenta hecha a medida. Entonces es cuando empecé a decir: “Mira con tu trabajo, este señor, ahora parece un señor”.

¿Por qué te vinieron a buscar en Santa Eulalia? ¿O fuiste tu que llamaste a su puerta?

No, fueron ellos y me vinieron a buscar en dos ocasiones. Yo entonces trabajaba en El Dique Flotante, y después de que cerrara la tienda tuve una reunión con Santa Eulalia y llegamos a un acuerdo. De eso hace 31 años.

¡Estabas muy solicitado!

Sí, nunca me he quejado. Cuando cerraron el negocio me vinieron a buscar varias casas de la competencia. Podríamos decir que me festejaban varias novias y yo con una ya tengo suficiente. Por eso, escogí el mejor partido y entré a trabajar en Santa Eulalia muy motivado. Les llevaba clientes nuevos, aprendía más técnicas del oficio y siempre me han tratado muy bien. ¡Incluso ahora que estoy jubilado sigo viniendo al taller!

¿Cuál fue tu maestro en Santa Eulalia?

El Sr. Sullà que era un sastre muy reconocido en la época y me enseñó a cortar. Yo no había ido a ninguna academia y todo lo que sabía era por otras personas. Recuerdo que el Sr. Sullà me dijo que me enseñaría el arte del corte y así lo hizo, entre otras técnicas. Yo he heredado su estilo de cortar, pero no todos los sastres tenemos el mismo estilo.

¿Cómo ha evolucionado el tipo de clientela? El “hecho a medida” se va perdiendo …

Sí, pero los pocos que somos resistimos. Los jóvenes quieren trajes clásicos, pero de corte moderno porque lo utilizan para ir a trabajar. En cambio, los señores quieren un traje que vista bien, pero que no arregle en exceso. En general nadie quiere trajes llamativos ni estampados que se sobresalgan de lo convencional por miedo al qué dirán. Y es una lástima tanta contención porque se está perdiendo un poco la autenticidad.

Seguro que tienes algún cliente que te demanda trajes más exuberantes…

Sí, lo más vistoso que he hecho últimamente ha sido para Boris Izaguirre. ¡Es un fuera de serie!

¿Cómo en este oficio se puede innovar sin perder la herencia?

Nosotros no hacemos ropa desechable, hacemos trajes a medida para que duren muchos años. Es verdad que también nos tenemos que ajustar a las exigencias de cada cliente, pero también se dejan asesorar.

¿Cuántos trajes acumulas en el armario?

Déjame pensar -se queda en silencio unos segundos-. Debo tener unos 28-29 para el verano y unos treinta y pico para el invierno con chalecos y americanas de conjunto. Todo personalizado hasta el último detalle: dentro del forro y los bolsillos interiores está bordado mi nombre y mis iniciales.

¿La sastrería está en peligro de extinción?

Sí, porque cada vez hay menos aprendices y la mayoría están muy verdes. La sastrería es un oficio artesanal que implica dominar muchas técnicas de la costura y adquirir unos conocimientos que sólo un sastre te puede enseñar. El sastre para ser sastre necesita otro sastre, un mentor. Eso no quiere decir que no haya jóvenes que despunten, pero falta una generación bastante potente que aprenda el oficio y el oficio es sacrificio.

De tu mentor, el Sr. Sullà, guardas un presente: unas tijeras centenarias. ¿Las regalarás a tus aprendices?

Estas tijeras tienen 200 años y son muy buenas tijeras. Me las dio mi maestro que, a su vez, las heredó de otro maestro. De momento no las quiero dar a nadie y para regalarlas a otro sastre debería sentir el oficio igual que yo. Si la situación se mantiene igual, estas tijeras me las llevaré a la tumba.

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