Un plan para 2, Viajes

Aix en Provence

Me encanta viajar a Francia. Por su proximidad, idioma, legado histórico, paisajes naturales… o por esa cultura hedonista que tienen los franceses tan similar a la nuestra. Sea como sea, siempre encuentro un buen motivo para hacer una escapada. La última fue rumbo a La Provenza, una región ya conocida que siempre me sorprende con nuevas rutas por descubrir. Y entre todas las opciones de alojamiento que encontré, escogí sin duda la enigmática ciudad de Aix en Provence, alejada del turismo de chancla que deambula en la costa.

Se la conoce como la ciudad elegante, aunque yo la llamaría más bien, la carismática. Situada en el interior de la región, a media hora al norte de Marsella, se esconde esta bella población de origen romano y nombre impronunciable. Ni se te ocurra decirle a un autóctono “Aix” tal cual suena porque te escupirá en la cara. Se pronuncia “Ecs” o “Eggs”, como prefieras para que te acuerdes de no meter la pata. Pasada la barrera del nombre, descubres una población carente de grandes monumentos clásicos o edificios históricos que justifiquen una parada obligatoria del bus turístico de turno, pero con un encanto especial que la hace única. Una alegría, una despreocupación y una gran vida se agrupan en sus céntricas calles. Y es que Aix en Provence representaría el “je ne se quoi” parisino hecho en ciudad de interior: tiene algo que te atrae y no sabes qué es exactamente. La respuesta: el conjunto del todo.

Aix en Provence representaría el “je ne se quoi” parisino del sur de Francia

En Aix no hay rutas ni planificaciones posibles, la clave es dejarse llevar por su bullicioso casco antiguo para descubrir un excepcional patrimonio arquitectónico y cultural mezclado por tiendas, pequeñas plazas y terrazas en un curioso collage donde todo cohesiona. En la vieja ciudad, insisto que también mires de vez en cuando para arriba para descubrir entre los edificios del siglo XVI algunos detalles como santos y vírgenes en las esquinas, columnas románicas, dinteles decorados y otras sorpresas escondidas entre las fachadas multicolores. Si te gusta madrugar no te pierdas el mercado de productos locales ni el goce de tomar un café a primera hora en una de sus terrazas. De haberlas las hay por todas partes.

En Aix se une el placer de callejear con el de mirar escaparates”

Imprescindible pasear por Cours Mirabeau que representa la puerta de la ciudad vieja y el paseo antiguo de carrozas creado en el siglo XVII. Esta avenida semipeatonal está llena de restaurantes y bares, para luego perderte por el genuino barrio Mazarin atestado de palacetes, jardines y museos como el del pintor Cézanne, máximo exponente de la ciudad. Es sin duda uno de los barrios acomodados con más encanto donde lo viejo converge con lo nuevo manteniendo ese aire decadente que tanto me apasiona.

Por último, hay una ruta muy curiosa que os recomiendo: la de las fuentes, situadas en los sitios más inverosímiles de la ciudad e integradas dentro de su paisaje urbano. Se dice que cada fuente esconde sus propios secretos y las más reconocidas datan del siglo XVII y XVIII. Destaca la fuente de la Rotonda coronada por tres estatuas que representan la Justicia, la Agricultura y las Bellas Artes. La fuente del Agua Caliente o fuente “de espuma” porque procede de la fuente termal de Bagniers y tiene una temperatura de 18°C. La fuente de Albertas situadas en la plaza que le da nombre: un conjunto barroco con adornos de estilo rococó acabado en 1745 por el marqués de Albertas, siguiendo el estilo parisino de la época. La enigmática fuente de los 4 Delfines rodeada de varias mansiones o la curiosa fuente del Musgo en medio de Cours Mirabeau.

Cada fuente esconde sus propios secretos”

El Valle de Louberon

La visita a este pintoresco valle, situado en el corazón de La Provenza, vale ya de por sí un viaje entero para contemplar la belleza del paisaje típicamente provenzal con sus cipreses, viñedos y olivares. De pueblos históricos labrados en piedra, de campos de lavanda –aún no era la época de floración- y de otros placeres más mundanos, como los gastronómicos atestados de mercados y restaurantes con productos de la tierra.

Entre el macizo del Petit Luberon y los montes de Vaucluse, decidimos visitar algunas aldeas de la ruta de los pueblos del Luberon, cada cual más sorprendente, para hacer nuestro propio camino con el tiempo que disponíamos y disfrutar así, de cada localidad sin ir sacando la lengua.

Lourmarin, Roussillon o Gordes son algunos pueblecitos que merecen ser visitados”

Visitamos la agraciada Lourmarin de callejuelas estrechas, fachadas multicolor, un mercado regional y un imponente castillo. Sin olvidar la intrigante fuente de las Tres Máscaras. No nos perdimos Roussillon donde el color ocre es el verdadero protagonista. Su precioso casco antiguo enclavado en el entorno natural y las imponentes Minas de Ocre, recurso industrial de la región. No tiene desperdicio contemplar las laderas de este tono tan intenso, y más con el reflejo del sol. ¡Un espectáculo visual! No tuvimos tiempo de ver Gordes desde su interior medieval pero nos llevamos una buena estampa desde fuera, inmortalizando una bonita panorámica de sus casas colgadas. No en vano es el pueblo más visitado de la región.

Y acabamos la ruta en L’Isle sur la Sorgue, el pueblo de las antigüedades y objetos de otros tiempos: desde muebles vintage, a grandes espejos pasando por libros antiguos, joyería de la abuela y vajillas de porcelana. Durante la Semana Santa es cuando los más de 300 anticuarios, que tienen negocio permanente allí, abren sus puertas en un mercadillo que se convierten en las “cuevas de Ali Babá” de los tesoros que puedes llegar a encontrar. Y sí, está vez me fui con las manos vacías porque de lo que me encapriche o era muy grande y pesado para cargar o era extremadamente caro para mi bolsillo.Por suerte, nadie me quitó el placer de mirar,rebuscar y tocar. Eso aún es gratis.

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