Tendencias al dente in Croatia

Cultura

A trip to Croatia & Bosnia

Tendencias al dente in Croatia

No os engaño si os digo de entrada que este no era el viaje idílico que tenía planificado para el verano. Demasiado cerca, demasiado familiar, demasiado parecido a la cultura mediterránea. Después de descartar a la fuerza San Francisco -Hacienda aún me deba miles de euros- y Amberes -una boda que coincide con la Fashion Week- me quedé un poco desencantada. ¿Y entonces qué hago? ¿Dónde voy? ¿Con quién?

Y ahí apareció mi apreciada Queralt con una invitación a raíz de su participación en el Festival Supertoon de Šibenik dedicado a la animación audiovisual. La respuesta fue inmediata. “Sí, y le añadimos Bosnia” –le dije-. Billetes y listos. ¿Dormir? Sobre la marcha…

Este es un relato de un viaje relámpago pero intenso. Un fire water para mojar los labios que dirían los bosnianos…

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Day 1 Šibenik

Llegué al minúsculo aeropuerto de Split. Ocho de la tarde, 35 grados a la sombra con la siniestra humedad como compañera de viaje. Sin retrasos por parte de Vueling –milagroso-. Sudor y cansancio. Me embutieron –literalmente- en un autobús rumbo a la capital de la Dalmacia para luego coger otro hacia Šibenik. Bullicio, suciedad, picaresca de puerto y maleantes removiendo las basuras a la caza de los desechos. Esto no me suena a nuevo. Barcelona, Génova, Marsella… las estaciones de autobuses del Mediterráneo son así. 88 kunas más tarde llegué a mi destinación. Allí me esperaba el confort de ver por fin una cara conocida entre tanto rostro impávido. Queralt me hizo un tour rápido por el casco antiguo de la ciudad y me presentó a sus compañeros del Festival Supertoon. Directores cinematográficos procedentes de media Europa, ambientes psicotrópicos y algo de alcohol. En mi ruta de vuelta al albergue –que compartíamos con Pepo y su mujer japonesa- recuerdo dos imágenes: el amenazador arcángel Miguel señalándome desde el techo de la Catedral de San Jacobo con su lanza dorada y la terraza inspirada en los años 20 del Heritage Hotel Life Palace. No me habría importado quedarme a charlar con los fantasmas del pasado en una especie de ‘Midnight in Paris’ de Woody Allen en versión croata. Gelocatil y a dormir.

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Day 2 Šibenik – Zlarin

Croissants y zumo de uva. Vuelvo a ser persona. Nos dirigimos a visitar algunas islas del archipiélago Kornati que quedan enfrente de la ciudad. Aprendemos la primera lección. Los horarios son meros adornos en una pizarra y la palabra de un croata no es fiable. Perdemos el barco de las 5 islas y nos conformamos con la que mejor pintaba: Zlarin, la isla del coral. Allí pasamos el día entre el azul, el ocre y el blanco del paisaje. Comemos pescado frito y espaguetis con gambas en casa de una abuela entrañable que cocina para los autóctonos. Nos entendemos con señas y le agradecemos su hospitalidad. Un paseo por las montañas y un baño en aguas cristalinas para hacerlo bajar. Me llevo de recuerdo unos elaborados pendientes de coral y plata que por suerte, no veo en días posteriores en las numerosas ‘pseudo-joyerías’ que infestan los cascos antiguos. Me regodeo de mi compra. Por la noche, la gala de entrega de los Premios del Festival Supertoon. Queralt se va con las manos vacías pero lo celebramos de todos modos. Chin-chin.

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Day 3 Trogir-Dubrovnik

Trogir me sorprendió. Renacentista y barroca. Situada en un islote, a media hora de Split, su casco antiguo es un laberinto de callejuelas donde las imponentes plazas se encuentran por sorpresa entre el entramado urbano y el colorido de los patios interiores alegra cada rincón de la muralla. No hay ni pizca de suciedad ni malos olores, cosa que me alegra. Lamentablemente del barrio Gótico de Barcelona no se puede decir lo mismo. Me quedo con las magníficas ventanas barrocas de dos y tres arcos, la Torre del Reloj frente a la Catedral de San Lorenzo y en la misma plaza y dentro del pórtico, la figura de Sant Jordi donde me quedé sentada a sus pies aunque no hacía falta que me salvara de nada. Entre un caballero y un dragón elegiría la segunda opción. Alquilamos un coche y un trayecto de 250 quilómetros se convirtió en un auténtico calvario lleno de colas tremebundas en los peajes, la frontera Bosnia –un mundo aparte- y carreteras sinuosas que ladeaban la inspiradora Costa Dálmata. Al menos la belleza del Mar Adriático me alegraba la vista entre la primera y la tercera marcha. Llegamos a Dubrovnik, extasiadas y de humor algo quebradizo. Los fétidos aromas del puerto y la riada de chanclas dentro las imponentes fortificaciones tampoco ayudaban pero pronto sucumbimos a la magia del lugar. También ayudó un vino en un chiringuito de la muralla a los pies del mar y unas suculentas ostras y mejillones en  Kamenice, un honavar marinero situado en Gundulićeva Poljanaun. Por la noche buscábamos un local más auténtico y después del decepcionante Hemingway Bar encontramos la luz en el Caffe Bar Libertina, un local de tragos fuertes. Dos grappas de más y 487 empinados escalones cuesta arriba. Llegamos por fin a casa.

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Day 4 Dubrovnik- Mostar

Bajo 487 escalones, luego subo 85 más para contemplar Dubrovnik a mis pies: las testas de los tejados, los cuellos de las ermitas y el hormigueo de turistas en cada calle. Tengo agujetas. Siento el poder de Cersei contemplando todo su dominio y un leve instinto asesino agudizado por el extremo calor que nos azota y convierte al ser más indefenso en un Hannibal en potencia. Compruebo lo fácil que es caerse de la muralla en su lado interior –hay trozos donde el muro no lleva ni a la cintura- y rezo para que nadie me importune. Un chino se hace una foto conmigo y su mano se apresa a rodearme la cintura, seguramente presumirá de ligue entre sus colegas. Le digo que sí mientras calculo el ángulo de la caída. Subo 487 escalones más para pillar el coche y nos dirigimos a Bosnia. Ahí empieza la auténtica aventura… Los estragos de la guerra aún son muy presentes en este país balcánico. Se palpa en la metralla de los edificios, el estado de abandono de sus pueblos, las carreteras perdidas con ganado, los autos vintage y el carácter de su gente. Rudas maneras, porte algo chulesco cuando se topan con dos mujeres– nos encontramos al Torrente bosniano en la frontera- y aversión en general hacia el turista – ahí les podría entender, según con quien se topen-. No hablan inglés y desconfían de entrada. Dos horas de ruta hacia ninguna parte y llegamos a Mostar, teóricamente el sitio más turístico del país. Teóricamente. Queralt define la ciudad como “la modelo fotogénica y resultona que en realidad, fuera de los focos, es más bien del montón”. Y le doy la razón. Las vistas del puente reconstruido con los minaretes al fondo son de cuento otomano. En cambio, las pintorescas calles de piedra infestadas de souvenirs de Rusia, Turquía y Marruecos son de un surrealismo extremo. Fuera de ‘Porta Aventura’, la desolación. Y a un solo paso. Volvimos dentro del recinto de seguridad para encontramos un pub decente con gente agradable: el Black Dog donde un joven serbio versionaba canciones de clásicos del rock –hay mucho motero en el país-. Allí conocimos, entre otros hombres, al Voltaire y al Rousseau bosnianos. Hermanos y cómplices. El filólogo Helmar –pintas a Latin Lover- y el profesor universitario Mike de camisa algo más abrochada. Este último, realmente captó mi interés con sus debates filosóficos y sus cánticos rock’n’roll. La noche acabó con fuego y agua. Tres perros callejeros nos acompañaron a dormir.

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Day 5 Mostar- Split

Mañana tormentosa, campo de rayos que añaden dificultad al viaje. Resaca. Llegamos a la frontera y después de una hora de espera conseguimos entrar a Croacia y llegar a Split. El último bastión. El bochorno nos sigue acompañando y el ambiente es irrespirable. Las ruinas de aspecto romano y bizantino de la ciudad son increíbles pero personalmente, no me emocionan. ¿Por qué con las ciudades nos pasa igual como con las personas? Juzgamos del mismo modo. Hay algunas que enamoran o que atraen a primera vista y hay otras que a pesar de ser bellas, aburren o simplemente no interesan. También me doy cuenta, más que nunca, que tengo un problema con las aglomeraciones y siempre estoy a la búsqueda de los oasis donde se respire algo de paz. Queralt ya se había ido a Barcelona y me encontraba sola en plan Marco Polo. Cené de lujo en lo que se podría llamar un sitio foodie croata: el Uje Oil Bar y me estacioné en la Librería Jazz Club Marcvs Marvlvs Spalatensis para acabar el libro de Leopold von Sacher-Masoch, “La Venus de las Pieles” acompañada de un gintonic y bajo la atenta mirada del propietario del local, Tin Bojanić y el resguardo de Marko Marulić, padre de la literatura croata. Allí conocí a una pareja bohemia de Londres y a Karlo un joven artista contemporáneo que me dio su teléfono para cuando volviera. Un pequeño aliciente para una segunda oportunidad, aunque no le prometí nada. Me limité a contestarle con un sonriente “quizás”.

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That’s all!

Periodista de moda y tendencias. Desnudo al que viste.

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