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Budapest es una de esas capitales que te atrapa desde el minuto cero. Un paraíso de cuento con un halo decadente en su atmosfera que no hace más que realzar sus innumerables encantos. Una ciudad partida en dos, un río musicalmente inspirador y una nutrida historia de guerras, conquistas y poder. Os confieso que nunca antes me había desplazado tan al Este de Europa y en fin de año tuve la oportunidad de visitar una de mis ciudades preferidas para vivir el goce particular del aventurero que pisa por primera vez un territorio inexplorado. Y no me decepcionó en lo más mínimo.

Principios de enero, ola de frío, temperaturas de menos catorce en la calle… el tiempo para mí no fue un obstáculo. ¡En absoluto! Es más, me gusta el frío – que no quiere decir pasar frío- y aproveché la ocasión para amortizar de una vez por todas los abrigos y jerséis más gruesos que prácticamente no salen del armario en Barcelona.

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Patrimonio arquitectónico

Primer consejo. Si visitas la capital de Hungría hazlo sin rumbo fijo – a menos que te alojes un par de días y tengas que pisar el acelerador-. No hay nada más placentero que recorrer una ciudad virgen y descubrir a su paso, los rincones más encantadores en el entramado de calles y plazas con edificios neoclásicos. Y Budapest da para andar y observar -hacia arriba y hacia abajo- para no perderse ni un detalle de su extremada riqueza arquitectónica porque conserva ese aire señorial e imponente de su legado imperial con algunos vestigios de su pasado comunista más reciente. Me gustó especialmente la Avenida Andrássy que comunica el centro con la grandiosa Plaza de los Héroes,  con estatuas que conmemoran a los líderes de las 7 tribus fundadoras de Hungría. En este céntrico bulevar se encuentra la Ópera de Budapest, uno de los edificios neo renacentistas más importantes del país.

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El Danubio y sus encantadores puentes

El Danubio no es azul ni cristalino. En cuanto a su envergadura es tan grande como podía esperar. Este célebre río divide la ciudad en dos: la isla de Buda y la isla de Pest. De visita obligada es el Puente de las Cadenas que, con rachas de gélido viento polar, estaba menos transitable de lo habitual. Desde allí, hay unas magníficas vistas de un lado al Palacio Real y del otro, al Parlamento de Budapest, el imponente edificio  de estilo neogótico más representativo de la capital húngara y  una de las construcciones más grandes del mundo que alberga poder. Te aconsejo bordear el Danubio para descubrir el encantador Puente de la Libertad en color verde y adornado con águilas doradas. Si quieres una foto pintoresca de esta infraestructura espera unos minutos a qué pase uno de los tranvías amarillos que continuamente lo atraviesan.

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La isla de Buda

La parte occidental de la ciudad alberga ruinas medievales y vale la pena dedicarle un día entero. Deambular por las estrechas callejuelas empedradas, las casas tradicionales de estilo barroco con atractivas fachadas, el Castillo de Buda y la preciosa iglesia de San Matías en el Bastión de los Pescadores. Desde esta magnífica fortificación grisácea hay unas vistas impresionantes al Parlamento y a la zona oriental separada por las caudalosas aguas del Danubio. Ahí encontrarás la perfecta panorámica.

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Ser foodie en la capital húngara

Budapest es sin duda una capital gastronómica de primer nivel. De visita obligada es el Mercado Central situado al lado del Puente de la Libertad en un gran edificio histórico. Productos locales y autóctonos, especialidades de la región, tiendas de souvenirs –con más gracia que las del centro- y restaurantes de proximidad con puestos de comida para comer al momento o para llevar. Una oportunidad única para saborear la auténtica gastronomía húngara. Os recomiendo el caldo energético goulash o el pollo al paprika con galuska. Estos platos los encontraréis en prácticamente todos los restaurantes, pero yo os recomiendo el urbanita Kiosk Café.  Un espacio de decoración industrial, muebles de diseño y una surtida carta que fusiona tradición y modernidad. Los amantes de los cócteles y los combinados encontrarán su sitio porque están especializados en servir todo tipo de aperitivos. A media tarde, si quieres tomar café o dulces en espacios totalmente genuinos no pierdas de vista la pastelería Gerbeaud, la más famosa de Hungría, con un gran surtido de repostería con sabores que se funden en el paladar en un ambiente barroco y algo teatral. Otra referencia imperdible es el New York Café situado en el lujoso hotel Boscolo Budapest. Un impresionante café de arquitectura renacentista inaugurado en 1894 que fue considerado el más bello del mundo. A modo de curiosidad, grandes escritores húngaros como Dezso Kosztolányi o Ferenc Molnár se reunían para conversar en un espacio artístico único. Un inconveniente: está masificado. ¡Quedas avisado! Para cenar, si deseas experimentar la cocina fusión en un restaurante con estrella Michelin, no te puedes ir de la ciudad sin visitar el prestigioso Costes Restaurant. La crónica de mi experiencia la encontrarás aquí. Y para una última copa por la noche, no hay nada mejor que visitar uno de los más famosos ruin bars – bares ruina – de Budapest. Locales alternativos de aspecto industrial situados dentro de edificios a punto de ser derribados. Yo degusté una de las cervezas artesanales de la ciudad en el Élesztő Craft Beer Bar.

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Un baño a – 4 grados

Y entre caminatas y comilonas, no puedes despedirte de la capital húngara sin bañarte en uno de sus históricos balnearios y fuentes termales. Es verdad que son un potente reclamo turístico, pero vale la pena acercarse a los maravillosos edificios que albergan estos baños medicinales. Yo visité el balneario Széchenyi situado en una especie de palacio de arquitectura neo barroca con 15 piscinas, tres de ellas al aire libre. Tuve la chocante experiencia de poderme bañar a cuatro grados bajo cero en el exterior y a 36 grados dentro de la piscina. La piel y la musculatura me lo agradecieron. Un último consejo: ve a primera hora y mejor que no sea el fin de semana para no morir en las colas de entrada. A las 8 de la mañana ya os digo yo que estaba prácticamente sola en un entorno totalmente relajado. ¡Y qué bien!

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Fotos: Dalmau